Tierra de colores, contrastes, olores y sonidos, rodeada de un ambiente de música y folklore. Bella y misteriosa, una seducción para los sentidos, una invitación a la calma y la desconexión. Tómate un descanso y conoce una de las ciudades africanas más atractivas y seductoras del planeta.

Su ubicación, entre el Sáhara, la majestuosa formación montañosa del Atlas y el Anti Atlas, le hace estar en el centro de una encrucijada que comerciantes, mercaderes, poetas y viajeros tomaron como lugar de parada desde hace siglos. Alain Delon, Yves Saint Laurent, Omar Sharif o Jack Majorelle son algunos de los nombres que ya se han dejado hipnotizar por una de las ciudades más seductoras del mundo: Marrakech.

Existe una lista interminable de lugares ineludibles y actividades que hacer cuando se viaja a ella. Así que es fundamental distribuir bien el tiempo para disfrutar de todos sus encantos: reconciliarse con la naturaleza; pasear a los pies de las cascadas de Ouzoud; sobrevolar sus plazas; disfrutar de una puesta de sol en el desierto de Zagora; prácticar jet ski en el Lago Lalla; esquiar en su estación de Oukaimeden; relalajarse tomando un brunch con los pies en el agua, bajo el sol y las palmeras en pleno palmeral; degustar un tajine tradicional o disfrutar de una maravillosa velada alrededor de una mesa en el Restaurante Kosyban, donde los amantes del arte del buen vivir se dan cita para degustar unos deliciosos momentos, acompañados por un sinfín de caldos de la tierra y música en directo.

Las primeras luces del día son el mejor momento para visitar 19 kilómetros de muralla, jalonada por 22 puertas de historias tan asombrosas como invisibles. Es en este momento cuando el sol les concede un color algo anaranjado, que a lo largo del día se tornará al rosa para terminar rojizo al caer la noche. Murallas que no fueron construidas para defender la ciudad, sino para separar el harén de las miradas de los más curiosos. Tras esta visita es hora de adentrarnos en la Medina y disfrutar de un safari urbano por las calles sombreadas de sus zocos, donde se mezcla tradición, originalidad y diseño. Un mundo de sonidos, olores y colores que invaden cada uno de nuestros sentidos y nos hacen retroceder en el tiempo miles de años, cuando fue lugar de encuentro de caravanas que viajaban por el desierto para comerciar, concluir negocios, beber té con amigos e incluso arreglar bodas. Dejarse llevar y perderse entre sus callejuelas es detener el tiempo. Disfrutar de una variedad de artículos casi inimaginable, regatear y tal vez disfrutar de un buen té convidados por un comerciante, a fin de hacer un buen negocio. Sumergirse en una vida, probablemente, muy diferente a la que estamos acostumbrados.

Al caer la noche, cuando se está poniendo el sol, el mejor lugar donde nos podemos encontrar es en La plaza de Jemaa El Fna, declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 2001. Un verdadero teatro al aire libre. Fundirse entre tatuadores de henna, encantadores de serpientes, artistas callejeros o músicos que acaparan la atención de los paseantes. Deambular de espectáculo en espectáculo, con una taza de té, de menta y canela, o con un zumo de naranja en la mano, contemplando cómo deviene la noche reconfortando nuestro espíritu. No podemos perdernos sus grandes tesoros, como las tumbas de los Saadíes, con sus imponentes mausoleos en mármol; el Palacio de la Bahía, encargado en 1880 por el gran visir concebido para satisfacer una obsesión: evitar que las esposas y las concubinas se cruzasen el Café literario Dar cherifa, la casa más antigua de la Medina convertida en un centro cultural único; la judería del Mellah, y la zona moderna del Guéliz. Por supuesto, cientos de lugares de culto con un gran valor cultural abren sus puertas para la meditación, la plegaría y la admiración. Es el caso de Katoubia, hermosa por su minarete, gemelo de la Giralda sevillana y para el que sirvió de modelo. O la de Ben Youseef, de origen almorávide.

TANTO AMÓ E INSPIRÓ AL GENIO FRANCÉS EL JARDIN MAJORELLE, QUE ES AHÍ DONDE HA ENCONTRADO DESCANSO ETERNO, COMO EN UNA SERENA OBRA DE ARTE

Para quien llega predispuesto a encontrarse un paisaje árido y desértico, sus parques y jardines son una grata sorpresa. Los jardines de la Menara, de 100 hectáreas de extensión, ofrecen 40 variedades de olivos, además de más de 10 hectáreas de palmeras, naranjos y manzanos. Durante mucho tiempo fue punto de encuentro para las citas amorosas de los sultanes. Y con razón. Bordeado de cipreses, el pabellón se refleja en un estanque majestuoso con las Montañas del Atlas como telón de fondo; el jardín del Agdal se extiende en 4,5 km cuadrados plantados de frutales y olivos en cuyos estanques -el mayor de ellos de la época almohade- se reflejan las ruinas de un palacio saadí; y cómo no, probablemente el jardín más misterioso del siglo XX, el Jardín de Majorelle, un estallido de colores, olores y cantos de aves. Diseñado por el artista Jack Majorelle y alabado por Yves Saint Laurent. Un lugar mágico, un lugar de inspiración y calma que cuenta con una importante reserva natural de flora y fauna además de una característica que lo ha convertido en mundialmente famoso, su color azul ultramar único. Tanto amó e inspiró el genio francés el Jardin Majorelle, que es aquí donde ha encontrado descanso eterno, como en una serena obra de arte.

Después de todas estas experiencias, lo normal es cuestionarnos dónde dormir. Alta tecnología, jardines oníricos, spas gigantescos… Los hoteles de la ciudad roja son irresistibles para los famosos y tanto o más lujosos que los de las grandes urbes europeas. ¿Por qué no alojarse también en una de las construcciones más típicas y tradicionales que condensa todo un arte de buen vivir alrededor de un patio secreto? Se trata de un maravilloso invento arquitectónico: el Riad marroquí, una casa de lujo típica de Marruecos, que ofrece al visitante un universo inédito de arquitectura barroca, art decoy minimalista. Se encuentra en pleno corazón de la medina y es todo un referente para los amantes del lujo y las parejas que quieran hacerse un regalo. Hospedarse en esta casa privada es tener acceso exclusivo a los secretos mejor guardados de la ciudad. Con un diseño contemporáneo, cuenta con siete suites individualmente concebidas para despertar cada uno de los sentidos. La decoración mezcla la influencia árabe con un estilo ecléctico y un diseño vanguardista. Cada visitante se sentirá especial gracias a la atención y los servicios recibidos, capaces de satisfacer las más altas exigencias de sus huéspedes. En la parte superior, la terraza es el lugar ideal de descanso y lectura. Saborear lo mejor de la alta cocina servida en la intimidad será el colofón para una estancia deliciosa.

Este paseo por Marrakech tampoco puede obviar el ritual del Hamman, una auténtica fuente de placer. Estos tratamientos, practicados desde hace siglos, proporcionan estados de calma y serenidad. Baños con pétalos de rosa, masajes con piedras o con aceite de argán, tratamientos de lujo para despertar poco a poco los cinco sentidos. Para finalizar, permítanme un último consejo: déjense hipnotizar por el hechizo de Marrakech, ya que es uno de esos lugares que hay que visitar por lo menos una vez en la vida, o dos… o siempre. Todo el que va vuelve, ¿por qué será?