Pocas ciudades del mundo guardan un encanto tan mágico e inolvidable como el que la ciudad checa genera entre sus visitantes, siempre receptivos a sus estímulos visuales. Conocida como ‘La Ciudad Dorada’ o ‘La Ciudad de las Cien Torres’, es uno de los destinos turísticos más importantes de Europa. Un lugar en el que lo misterioso y lo mágico se mezclan con algunas notas de modernidad que transportan al visitante a un mundo de ensueño. Señoras y señores, sean bienvenidos a Praga…

Aeropuerto de Vaclav Havel y dejar el equipaje en el hotel, el viajero novato en esta mágica ciudad ha de plantearse qué ver. Praga ofrece multitud de rincones interesantes, pero para hacernos una primera idea de lo que la ciudad guarda en su interior, es indispensable comenzar el primer paseo por sus calles en la Plaza de la República. Allí podremos admirar el maravilloso edificio estilo art decó de la Casa Municipal, actualmente uno de los restaurantes más visitados de la ciudad, aunque no precisamente de los más baratos.

Justo al lado de la Casa Municipal tenemos la famosa Torre de la Pólvora. Esta sorprendente torre de color negruzco sirve como puerta de entrada a la Praga más monumental y mágica. Cruzándola daremos paso a la calle Celetná, que inevitablemente se ha llenado de pequeñas tiendas de souvenirs y restaurantes adaptados a los gustos del visitante. Un sacrificio que toda ciudad turística tiene que hacer pero que afortunadamente no se deja notar gravemente en la Plaza de la Ciudad Vieja, la más conocida de la ciudad y plató de algunas películas como Misión Imposible o Casino Royale.

En este emblemático lugar podremos admirar la Iglesia de Nuestra Señora de Tyn, un edificio con tejados al estilo torreones de cuento de hadas y con su fachada extrañamente oculta tras un grupo de casas. Frente a ella tenemos el Ayuntamiento de Praga, con su imponente torre gótica de 60 metros y el atractivo extra del albergar el famoso Reloj Astronómico.
Tras embriagarnos durante bastantes minutos con el frenético ambiente de la plaza, tomaremos las calles que salen desde el Reloj Astronómico en dirección al famoso Puente de Carlos.

Estas calles empedradas, repletas de turistas y tiendas de todo tipo –las más populares y típicas son aquellas que venden marionetas de madera, piezas hechas con cristal de bohemia o licorerías con cerveza y absenta– nos llevan hasta una pequeña plaza con una estatua en honor al Rey Carlos, la pequeña pero imponente en su interior Iglesia de San Francisco de Asís y la torre que nos da la entrada al fantástico Puente de Carlos.

Miles de turistas cruzan cada día esta construcción flanqueada por treinta conjuntos de estatuas que representan distintas escenas y santos de la Biblia. Bajo nosotros, las aguas del río Moldava recorren plácidamente la ciudad siendo surcadas por múltiples puentes, una de las señas de identidad de la ciudad.

La Iglesia de San Nicolás, una parada necesaria para reponer fuerzas antes de enfilar las empinadas calles y las escaleras de Zámecké Schody hasta el Castillo de Praga.

Tras esquivar a los numerosos turistas, músicos y vendedores de todo tipo que suelen poblar el puente, cruzaremos la torre del otro extremo y nos adentraremos en el empinado barrio de Malá Strana. En la plaza que da nombre al barrio podremos admirar el mayor exponente del arte barroco de la ciudad de Praga, la Iglesia de San Nicolás. Una parada necesaria para reponer fuerzas antes de enfilar las empinadas calles y las escaleras de Zámecké Schody hasta el Castillo de Praga. Este conjunto que ahora es la residencia del presidente de la República Checa, alberga la impresionante Catedral de San Vito, el antiguo Palacio Real, la basílica y el convento de San Jorge, el Callejón del Oro o múltiples torreones, se considera el castillo más grande del mundo. Lo cierto es que recorrer sus interiores al completo puede llevar al viajero varias horas, pero entrar a la catedral y admirar las vistas de la ciudad desde la colina en la que está situada se antoja como algo imprescindible para cualquiera que tenga intención de visitar la ciudad.

Lo que todo el mundo no conoce.

Hasta aquí, el viajero habrá conocido los lugares básicos e imprescindibles que cualquier viaje organizado enseña al turista que llega a la ciudad. Pero Praga es mucho más que esta imagen de postal. Cualquiera que decida seguir subiendo la colina del barrio de Hradcany se encontrará con El Loreto, un lugar de peregrinación, puesto que esta iglesia contiene una réplica de la casa de la Virgen María, y si se avanza un poco más se llegará al Monasterio de Strahov, que alberga una de las librerías más bellas del mundo.Regresando al centro, es inevitable pasar por la enorme plaza de Wenceslao, rodeada por numerosos hoteles, restaurantes y centros comerciales pero presidida por el imponente edificio del Museo Nacional –actualmente en restauración–. Cerca de allí se encuentra el Teatro Nacional, con su tejado de oro, y la Plaza de Carlos, con varias iglesias en ella y un parque en el centro, próximo a los edificios danzantes, curiosa obra del responsable del Museo Guggenheim de Bilbao.

Praga no es sólo edificios bonitos, es una ciudad llena de colinas que albergan preciosos parques, lugares ideales para relajarse con los amigos y disfrutar de una deliciosa cerveza checa en uno de sus numerosos beergardens. El parque de Letna, coronado por un gigantesco péndulo, nos ofrece las mejores vistas de la Ciudad Vieja rodeada por el serpenteante río Moldava.

La colina de Petrín, con su “Torre Eiffel”, sus laberinto de espejos y su observatorio astronómico, es uno de los lugares preferidos por los locales para pasar los fines de semana.

Por su parte, la colina de Petrín, con su “Torre Eiffel”, sus laberinto de espejos y su observatorio astronómico, es uno de los lugares preferidos por los locales para pasar los fines de semana. Vysehrad y su imponente iglesia junto a un bello cementerio –dónde están enterrados varios checos ilustres– ofrece una bonita estampa desde el sur de la ciudad. En el parque de Riegrovy Sady, casi a los pies de la torre de televisión de Žižkov –considerada como uno de los edificios más feos del mundo y en la que se sitúan los perturbadores “bebés escaladores”– se puede degustar una buena cerveza negra checa mientras se aprecia cómo el sol se esconde tras el castillo de Praga en el atardecer. Una experiencia más que recomendable.

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