Sede de innumerables empresas tecnológicas, Dublín, en la década que llevamos de siglo, se ha convertido en uno de los estandartes empresariales de Europa. Sin embargo, lo que hace especial a la ciudad es su capacidad integradora. Las más avanzadas tecnologías conviven con antiguas tradiciones y retiros verdes a partes iguales. Porque desarrollo y respeto, no están reñidos.

Pasado y Futuro

Al pensar en la capital de Irlanda, a uno le viene a la mente imágenes de muelles. Estibadores trabajando al alba, trabajo duro y un aroma acre, reminiscencia de tiempos añejos. Pero la visión del Spire comienza a diluir ese estereotipo anquilosado. Dublín se ha convertido en la pionera de los avances técnicos e informáticos de Europa. Así lo constatan Google, Ebay o PayPal, cuyos centros de operaciones europeos, están ubicados en distintos distritos de la ciudad. Su puerto también ha cambiado. El trabajo manual ha dado paso a controles mecánicos y logística informática. Pero sus muelles continúan teniendo la misma importancia estratégica que atisbaron los Vikingos años ha.

Una guía rápida de la historia de Dublín es el río Liffey. Desde el puerto, en su desembocadura, hasta el Castillo, las dos márgenes del río son capaces de mostrarnos diferencias de siglos en un solo vistazo. Incluso en sus puentes encontramos esta amalgama temporal, con los de Samuel Beckett y Liam Mellows Bridge, como muestra del avance de los años. Aunque el Liffey ha dejado de ser la principal vía de transporte. En su lugar, el moderno tranvía Luas, atraviesa la ciudad de Este a Oeste. Dato a tener en cuenta para exprimir al máximo nuestra estancia en Dublín, además de un lugar magnífico para hacerse a las primeras palabras en gaélico.

Para profundizar un poco más en los orígenes de la ciudad, es necesario pasar por las estancias de Dublinia. Mitad de la Christ Church Cathedral, reconvertida en museo de historia, sus salas albergan recreaciones del pasado de la ciudad. Una visita muy instructiva para comprender el paso de la Laguna Negra a Dublín. Si después de esta representación continuamos hambrientos de historia, el Castillo de Dublín nos ofrece la oportunidad de poder tocarla. Sus murallas aún se mantienen en pié y pasear por sus callejuelas es una delicia.

Pero Dublín, y por ende, la Irlanda contemporánea, no se pueden entender sin el Edificio de Correos. Situado en la principal arteria de la ciudad, O´Connell Street, este edificio fue escenario del primer paso para la creación de la República de Irlanda. Frente al Library Hall, se erige una estatua en honor de James Connolly, uno de los participantes en el Alzamiento de Pascua de 1916. Por ello, fue detenido y ejecutado en Kilmainham Gaol, la cual también se puede visitar actualmente. Una visita con doble atractivo, puesto que además de historia, en la prisión se han rodado varias películas. Más que reconocible su hall principal en El nombre del padre.

Ciudad Cultural

Continuando en O´Connell Street y sorteando el río por el puente del mismo nombre, llegamos al Trinity College. La universidad más antigua de Irlanda se encuentra frente a un edificio con las ventanas pintadas, que es, ni más ni menos, que el Banco de Irlanda.  ¿Una premonición de la opacidad de su sistema?

Las 20 hectáreas del Trinity College en el corazón de la ciudad, albergan a más de 15000 alumnos, cada año. Además de un tesoro en forma de incunable. El Libro de Kells, manuscrito celta conservado desde la edad media, se puede contemplar en su biblioteca. Aunque, pagar para verlo desde una vitrina, no es muy reconfortante. Si lo que nos interesa es la cultura, Dublín tiene mejores formas de invertir nuestro tiempo y dinero.

Una forma de conocer Dublín es leyéndola. La ciudad ha visto nacer a grandes escritores. Stoker, Oscar Wilde, Jonathan Swift, James Joyce. Solo hay que leer Dublineses para darse cuenta de lo integrada que está la ciudad en la literatura. Y ahora, como muestra de agradecimiento, la ciudad les rinde su particular homenaje. Es posible disfrutar de un tour literario, por las calles, casas y pubs que transitaron estos maestros de la palabra. La ciudad también está abarrotada de museos. El Museo Nacional de Irlanda, el de Arte Moderno o el Museo Nacional de Arqueología. Uno, muy a tener en cuenta, es la Gallery Hugh Lane. En él podemos contemplar una cantidad importante de obras de Francis Bacon, puesto que en la galería se encuentra el estudio del artista trasladado, literal.

Una ciudad con ritmo

Pero no solo de cultura vive el hombre, eso bien lo sabe el dublinés. Por eso, la urbe también nos ofrece todas las ventajas que se esperan de una capital. Una estatua de Molly Malone, nos da la bienvenida a Grafton Street, donde los visitantes más exclusivos pueden darse un capricho. En esta bulliciosa calle peatonal están presentes las más prestigiosas marcas y es el núcleo comercial de Dublín. Aunque si los precios os parecen desorbitados, siempre se puede disfrutar de las exquisitas actuaciones que se dan cita a lo largo de la calle. ¿Un piano de cola en la acera?

No hay rincón de Dublín que no tenga su propia banda sonora en vivo. Y para comprobarlo, nada mejor que una noche en Templer Bar. Este barrio es el más bohemio de la ciudad. Sus cuantiosos bares, lo hacen una zona propicia para disfrutar de un concierto mientras paladeamos el aroma tostado de nuestra pinta de Guinness. Más que un estilo de vida, toda una religión. Por supuesto, entre tanto trajín, es necesario reponer fuerzas para continuar nuestra andadura. En este punto, los españoles siempre tenemos problemas. No es de extrañar. Estamos acostumbrados a una cocina, cuanto menos, alejada de la de nuestros vecinos del norte, a excepción del típico desayuno irlandés. Comida de titanes. Sin embargo, en Dublín también se lleva el Fish and Chips. Si. Pero ya que estamos relegados, hagámoslo en un sitio con encanto. En Leo Burdock se enorgullecen de tener el mejor pescado de toda la ciudad. Además, podemos tomar el mismo menú que Bono, Ben Kingsley o Naomi Campbell. Mal de muchos…

La urbe verde

Después de recorrer sus calles, contemplar su historia o sentir su ritmo, Dublín aún guarda un as en la manga. La enorme cantidad de parques y zonas verdes de la ciudad nos incitan perdernos en sus recovecos, descansar el alma y el cuerpo, y olvidarnos de cuanto nos rodea. Hay que hacer especial mención al Phoenix Park, el parque urbano más grande de Europa. Esta vasta extensión de terreno nos trasladará a la vida en el campo sin salir de la ciudad: bosques y manadas de ciervos nos ayudan a situarnos. Un lugar perfecto para descubrir con bicicleta aunque si queréis estar en mayor consonancia con la naturaleza, y no os importa desplazaros en tren (el DART), Howth es vuestro destino. Este pequeño pueblo costero al norte de la bahía de Dublín, está situado en una península horadada de senderos. Ideal para un día de senderismo y picnic.

Esencia negra

Decía al principio, que Dublín era el punto en el camino donde se encontraban modernidad y tradición. Pero uno no toma conciencia exacta de este hecho hasta que no visita la Guinness Storehouse. El más reconocible y universal de los productos de Irlanda. La fábrica, una moderna torre de 7 plantas, nos permite apreciar las fases de elaboración de la cerveza negra más famosa del mundo. Pero, al mismo tiempo, nos hace darnos cuenta de nuevas facetas de la ciudad. Y es que si existe un producto con una relación tan profunda con su lugar de origen, es esta cerveza. Los actuales métodos de fermentación y envasado, están codo con codo con las antiguas instalaciones, dando la impresión de estar en un lugar con una personalidad únicas. Una visita necesaria, rematada con una degustación en la última planta del complejo. Guinness en mano y Dublín a vista de pájaro. Toda una experiencia.

Como anécdota final, decir que los dublineses, amables en extremo, tienen como norma disculparse por todo y dar las gracias al chofer tras un trayecto en autobús. Para bien o para mal, las ciudades son sus habitantes. Quizá por ellos, Dublín ha conseguido esa unión única entre lo pasado y lo futuro, sin perder nunca la esencia de su origen.